Este fin de semana tuvimos partido y ganamos. Metimos más goles que el equipo contrario. Parece una obviedad ¿no? Y por supuesto lo celebramos. Con independencia de que yo no meta goles porque soy portero, ni las defensas... en el cómputo global es un éxito compartido, en el que todas hemos participado. Sin embargo, me paré a pensar en las victorias de mi día a día. En los logros que voy consiguiendo y en los que se quedan por el camino. En la forma en que se pueden evaluar. Cuando alguien gana un partido, no hay duda de quien ha ganado, no hay duda de a quien hay que darle la enhorabuena. No obstante, en mi vida cuando me echan de un trabajo en el que no me valoran ¿me dan la enhorabuena? Cuando opto por dejar el trabajo para dedicarme a otra cosa, para empezar de cero, para desconectar o descansar ¿hay que darme la enhorabuena? Me sorprende que cuando las cosas se vuelven complejas, me cuesta más reconocer los logros, me cuesta más felicitarme. Parece que necesitamos convenciones: si...
Busquemos y compartamos las experiencias positivas que nos recarguen de energía, que reconstruyan nuestras ilusiones, nuestros sueños... Aceptando el mundo y desde ahí construyendo un lugar mejor.