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La voz es reflejo de lo que sientes. Si quieres cambiar tu comunicación, no cambies tu voz, cambia lo que sientes

Me han mandado este artículo. Me ha gustado y he decidido postearlo. Espero que te sirva.

(Oriol Pujol Borotau)
Cuando tenemos consciencia de que nuestra comunicación con los demás no es bien recibida, el primer paso ineludible será descubrir qué mensajes nos damos a nosotros mismos a diario, pues nuestro diálogo interior es el origen de nuestra comunicación hacia el exterior. Porque si continuamente nos damos mensajes de exigencia, nos censuramos a nosotros mismos por no haber hecho las cosas mejor y nos echamos en cara nuestros pequeños errores, exigiremos sin límite a los demás, los censuraremos todo el tiempo y no les perdonaremos ni un fallo. En cambio, si nos damos a nosotros mismos mensajes de aliento, nos perdonamos los fallos sin importancia y nos reconocemos las victorias, haremos lo mismo con la gente de nuestro alrededor.
Escucharse a uno mismo es el primer paso para identificar qué nos decimos, pero no es un proceso necesariamente fácil. Es cierto que no dejamos de hablarnos, de darnos mensajes; es cierto que nuestro diálogo interior es permanente. Pero ¿cómo podemos tener consciencia de nuestra voz interna si para empezar es una voz que no oímos?
Hay dos momentos esenciales en los que nos será fácil escuchar esta silente voz interior y en los que podremos descubrir qué nos decimos a nosotros mismos: cuando algo nos sale bien y cuando algo nos sale mal.
Ante un fracaso hay dos tipos de mensajes que nos lanzamos a nosotros mismos: podemos decirnos cosas como “ya he vuelto a fallar”, “nunca lo conseguiré”, “lo he hecho mal” o “no sirvo para esto”. O podemos decirnos cosas como “no lo he conseguido, pero he trabajado bien”, “tendré otra ocasión para conseguirlo”, “ya sé qué tengo que hacer la próxima vez” o “todos fallamos alguna vez”.
Y ante una victoria tenemos también dos tipos de mensajes que nos podemos dar: “no es mérito mío”, “ha sido suerte”, “no me lo merezco” o “mejor que no me lo crea”, o, en cambio: “he hecho un buen trabajo esta vez”, “voy a disfrutarlo”, “me he esforzado y ahora tengo la recompensa” o “estoy preparado para esto”.
Si en ambos casos optamos por la primera opción, nuestros mensajes a nosotros mismos serán de continua exigencia y de rechazo de nuestros méritos. Y se traducirán en exigencia y rechazo de méritos de los demás.
En cambio, si optamos por la segunda opción, estaremos demostrando que sabemos relativizar nuestros pequeños fracasos y disfrutar nuestros logros, y estaremos en condiciones de relativizar los fracasos ajenos y de hacer disfrutar (y disfrutar con los demás) de las victorias.
Pero planteemos otra pregunta: ¿el diálogo conmigo mismo es síntoma de algo más?
A menudo, el diálogo poco cariñoso o poco afectivo conmigo mismo no es un hecho aislado, y son muchos los casos en que esta comunicación negativa hacia mí mismo se acompaña de otros comportamientos igualmente negativos, como pueden ser no cuidarme físicamente, no priorizar nunca mis deseos frente a los de los demás o no dedicarme el tiempo necesario, el que cualquier ser humano necesita. Todo ello es expresión de un problema de base: no quererme a mí mismo.
Es necesario querernos para querer a los demás. Y es expresión de que nos queremos no solo el hecho de darnos mensajes de aprecio, sino también hacer cada día cosas concretas que lo demuestren. Empecemos queriéndonos nosotros y estaremos abriendo el camino para que nuestros comportamientos para con nosotros se traduzcan en iguales comportamientos hacia los demás.
No intentemos hacer con los demás o pensar de los demás lo que no hacemos con nosotros o no pensamos de nosotros, porque el esfuerzo, además de agotador, resultará frustrante. ¿Cómo podemos dejar de exigir a los demás lo que nos exigiríamos sin duda a nosotros?, ¿cómo podemos perdonar a los demás lo que no nos perdonaríamos jamás a nosotros?

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